Siempre he sido un hipocondríaco

                                                                            


Siempre he sido un hipocondríaco

Un aspecto relevador de la historia del paciente hipocondríaco es que con su relato de vida nos dice más cosas que aquellas que se nos muestran en la realidad misma. El hipocondríaco se siente conmovido por la forma que contempla en su interior y se recrea en ella devolviéndonos aquello que para él es intolerable –la discrepancia entre “lo que le gustaría ser” y “lo que es” transformado en miedo a la muerte paralizando con ello el proceso de creación de la propia vida-, por eso su biografía es disarmónica (saturada de peripecias que amenazan continuamente descarrilar los individuales proyectos que podrían configurar su destino), y por eso la visión de su corporalidad, o lo que nos cuenta de ella, nos permite percibir ciertos datos de su intimidad, que de hecho, captamos inmediatamente y que traduce una falta de bienestar ya que ha perdido la unidad substancial de lo que le hace sentirse persona. La bella frase de Novalis: “Donde el mundo interior y el mundo exterior se tocan, allí asienta el alma” [1], podemos corregirla por allí acecha la muerte.
Barcia Salorio[2] recrea la realidad clínica de “El Licenciado vidriera” de Miguel de Cervantes y nos dice:
“¿Qué enseñanza quiso darnos Cervantes en “El licenciado Vidriera”? Está claro que Cervantes quiso hacer crítica de las razones del éxito que suele obtenerse no por la verdad o la honradez. Pero además y sobre todo, quiso Cervantes hacer un elogio de la locura y mostrar que la verdad puede estar encerrada y surgir desde lo irracional...Esta es creemos la enseñanza de “El licenciado Vidriera”, el cual sólo durante la locura fue agudo e ingenioso y vulgar al ser cuerdo”.
“¿Qué? ¿Os parece un lío? –decimos ahora en palabras de Miguel de Unamuno[3] al tratar de explicarnos que no es lo mismo querer no ser que no querer ser-. Pues si esto os parece un lío –continúa diciendo Unamuno- y no sois capaces, no ya sólo de comprenderlo, más de sentirlo y de sentirlo apasionada y trágicamente, no llegaréis nunca a crear criaturas reales y, por tanto, no llegaréis a gozar de ninguna novela ni de la vuestra vida. Porque sabido es que el que goza de una obra de arte es porque la crea en sí, la re-crea y se recrea con ella. Y por eso Cervantes en el prólogo a sus Novelas ejemplares habla de “horas de recreación”. Y yo me he recreado con su Licenciado Vidriera, recreándolo en mí al re-crearme. Y el licenciado Vidriera era yo mismo (el sombreado es nuestro)”.

El cuerpo, -continuamos ahora nosotros- que si bien no es toda mi persona, es visto por los demás en tanto que es objeto en el mundo, objeto expuesto, objeto para la vista. De esta reflexión se deduce que la experiencia intima de “lo que soy” o “no soy” se halla enteramente condicionada por el hecho de que tengo un cuerpo ¿Qué representa mi cuerpo para mí siendo un hipocondríaco? No un objeto, ni un instrumento (a modo de herramienta) –aunque hablando propiamente pueda servirme de él como instrumentalidad vivida para alcanzar mis proyectos o desarrollar mis valores personales- sino yo mismo en tanto que existo en el mundo porque yo también soy cuerpo, puesto que es el ser de mi cuerpo vivido como hipocondríaco en medio del mundo el que ha permitido al otro verme.

Tengo una única salida si quiero no perecer ante el miedo a la muerte: mejorar mis relaciones humanas enviando mi mirada a la mirada del Otro porque ya no veré una mirada sino unos ojos, es decir, cosas del mundo, y he aquí, que de pronto, me descubro a mi mismo tomando conciencia de que a todos nos pasan cosas en esto que llamamos “mi” mundo. Habré transcendido esta transcendencia, a mi vez, habré constituido al otro en hipocóndrico. Tal es la raíz de las relaciones humanas. Todos tenemos miedo a la muerte, y por lo tanto, todos tenemos miedo de encontrarnos los “unos” con los “otros”.
Visto de esta manera, es mejor dejar de ser hipocondríaco. Podíamos –parafraseando el relato de Audry sobre Mi caída original[4]- definir metafóricamente el miedo común que todos tenemos a la muerte como vaivén recíproco de la mirada a la muerte, la incesante superación del proyecto del otro y del proyecto del otro por el mío. Mientras me siga sintiendo hipocondríaco mostraré al otro lo poco interesante que es convertirse en hipocondríaco, “pues lo mismo que el jugador de ajedrez prevé la táctica de su adversario y va a transformar el movimiento preparado contra él en una trampa para su autor, igual puedo yo servir el proyecto del otro con fines como él el mío para los suyos. Puede sacarme las castañas del fuego, o yo las suyas”[4]: Puede ayudarme a dejar de ser hipocondríaco, o yo, ayudarle a él, a convertirlo en hipocondríaco.



[1]  Citado por Sarro, R.: “Fisiognómica y Patognómica”, estudio preliminar a El lenguaje del rostro de Fritz Lange. Ed. Miracle, Barcelona, 1942, p.7.

[2] Barcia Salorio, D.: “El cuerpo y la corporalidad”. En Psiquiatría y humanismoFolia Neuropsiquiátrica, Vol. III, nº 2, 1968, p.166-167

[3] Unamuno, M. de (1977): Tres novelas ejemplares y un prólogo. Ed. Espasa-Calpe, Madrid, p.17

[4] Audry, C. (1975): Sartre, Ed. Edaf, Madrid, p.96




                                                                                Juan José Regadera, 2004 

           


Hasta pronto

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