La intimidad. La cuestión palpitante

 


La cuestión palpitante 

Nuevo formato en el que el Dr. Juan José Regadera analizará brevemente cuestiones relevantes de la realidad social. La diecisieteava sesión, dedicada a la intimidad. 

La cuestión palpitante es el libro en el que Emilia Pardo Bazán reunió una serie de artículos, varios de ellos dedicados al análisis de la poética naturalista, que suscitaron uno de los más significativos debates culturales de finales del siglo XIX. Con esta fuente de inspiración, la Consulta del Doctor Juan José Regadera propone el análisis de tema de interés social. 


La intimidad

¿Qué es la intimidad?

Algo que descubrimos en la adolescencia. Algo que tiene sentido de interioridad, y también de contenido.


¿Qué diferencia hay entre el yo y la intimidad?

La intimidad existe en el yo y es su contenido interno. Es el pensamiento reflexivo, la vuelta de yo sobre sí mismo. El yo puede mirar dentro de sí mismo, y es entonces cuando descubre que en su interior hay algo que ver; precisamente lo que vemos dentro de sí mismo es intimidad.


¿Qué diferencia hay entre los contenidos internos y los contenidos externos?

Cuando vivo con mis propios contenidos entonces vivo de un modo particular. Vivo dentro de mí mismo. Es una relación que existe dentro de mí, en mi interior. Intimidad es el presupuesto necesario para la vida interior, capacidad de vivir prescindiendo de las cosas exteriores. Esa es la diferencia entre lo interno y lo externo.


 ¿Cuándo miramos hacia dentro qué vemos?

Nuestros deseos, nuestras ambiciones, nuestras ilusiones, todo aparece como nuestro, colocados y operando dentro de nosotros mismos, para engrandecernos o para rebajarnos.


¿Cómo nos rebajamos?

Por el vacío del que no sabe encontrar la alegría y la belleza de la vida íntima. Por el cobarde, que no se atreve a plantear el problema de sus propias deficiencias.. Por el amargado o resentido, que no sabe adecuar sus sueños a la realidad.


¿Cómo nos engrandecemos? 

Cuando las cosas y los hechos externos son aprovechados para enriquecer nuestra intimidad. Cuando nos relacionamos con las cosas y realizamos las actividades exteriores “poniendo toda el alma”  en ellas, es decir, no quedándonos en el simple contacto superficial, sino fecundándolas con nuestra vida interior.


¿Cómo penetramos en la intimidad de la persona?

Por medio de la palabra. Aquello que nos cuentas.


¿Qué debo contar?

El relato de mi vida, pero no un relato cualquiera, sino un relato en el que se establezca un diálogo que nos permita penetrar en la intimidad. En la intimidad de una persona, lo cual sólo es posible si el interlocutor considera al que frente a él está como persona, pero, además, y esto es importante, se deja él mismo ver como tal a la consideración de la otra persona. Relación, pues, interpersonal, de Yo-Tu. Sólo así, mediante una relación en que plenamente se produzca, un “encuentro y un diálogo”, podemos hablar de “nosotros”. Ya que en eso consiste el desarrollo pleno del sentido de la relación Yo-Tu, que alcanza su plenitud en la preocupación por el Otro.


Y esto, ¿de qué sirve?

Sirve para conseguir un encuentro interpersonal, donde la persona acepte plenamente su “ser con”, “ser en relación” con el Otro, con sí mismo, y con lo que aún le queda por hacer – es decir, su vida-, que le guste o no, tendrá que pasar por mantener una relación con los demás.


¿De verdad, es esto tan importante?

Lo es porque la relación Yo-Tú, queramos o no, pasa a primer plano, siempre. Porque en esta relación es como la persona puede llegar a ser plenamente él mismo, lo que significa estar listo para compartir, para dar, para amar y para entrar en comunicación con los demás.


No termino de ver el sentido, ¿dónde me conduce todo esto?

El sentido de este “ser-en-relación” que es la persona no “supone relaciones accidentales o meramente externas, superficiales, sino aquellas genuinamente esenciales en las cuales el “Yo” implica el reconocimiento del “Tú” y “viceversa”.


Y todo esto, ¿cómo me sitúa?

Se sitúa en que debes dejar de ser un “objeto” –si era eso lo que perseguías- o era eso lo que tratabas de hacer con los demás –verlos como objetos-, y considerar y considerarte persona. Lo que quiere decir, en definitiva, que te sitúes frente a la responsabilidad de ser Tú para el Otro.


¿Responsable?, ¿de qué?, o mejor, ¿para qué?

Del deber de ser, que no es otro que la realización de mi vida estando bien conmigo mismo, con los demás, y con todo lo que aún me queda por hacer.


Y esto, ¿cómo se consigue?

Cada nuevo encuentro entre dos personas, en cada instante, puede ser un encuentro renovado, como un caminar en común para ir hacia la conquista personal de un modo compartido. Y esto se consigue ampliando la existencia personal existiendo en el Otro, de aquí que Yo y Tú debemos cuidarnos mutuamente, porque el futuro siempre es creador, es una meta que no podemos alcanzar en soledad.


 ¿Y si no lo consigo?

Si el encuentro con el Otro no es positivo, te queda al menos saber respetar tu intimidad, porque el dolor que te produzca no alcanzar llegar al Otro, a los demás, ese dolor, pertenece también a tu intimidad personal. Y ese sentir, meditabundo, y triste del que reclina su cabeza sobre la mano, porque no es capaz de encontrar una solución, también te pertenece.


Y si fuese así, ¿soy merecedor de respeto? ¿tiene, entonces, mi dolor algún sentido?

El dolor de no poder llegar al Otro da profundidad a la existencia humana y, por eso, es un ingrediente fundamental de la vida misma. Y en esta profundidad dolorosa, manejada con respeto hacia ti y hacia los demás, en un punto determinado es renovadora y curativa, pues te hace elevarte por encima de ella misma permitiéndote comunicarte mejor con los demás. Este sería el principio del diálogo y del encuentro Yo-Tú: Aprender a respetar el dolorido sentir, para más tarde, volver a encuentro con los demás.

Entonces, ¿debo entender el sentido del dolor, el sentido del sufrimiento?

Sí, si lo que nos ocurre lo consideramos irremisible, fatal como el destino. Tenemos que darnos cuenta del carácter irrepetible de la vida, la cual se hace día a día, en cada momento. Si dejamos pasar ese momento, si en ese instante no hemos realizado o mantenido un pensamiento o un sentimiento que pudiéramos considerar positivo, entonces la vida pasa vacía, sin ninguna calidad.


 ¿Ya está,  es así de fácil?

Muchas veces las personas no podemos realizar valores de creación por circunstancias que no lo impiden, y una de ellas es el dolor y el sufrimiento. Y en esto casos tenemos que tomarnos muy en serio que la vida no pase vacía de contenido (aunque sea de un buen pensamiento o de un buen sentimiento), por eso la posibilidad de la realización de valores de actitud, adquiere su sentido más pleno cuando nos encontramos frente al dolor y al sufrimiento.

¿Valores de actitud?

Sí, valores de actitud. Porque lo que importa es la actitud que adoptes ante esas situaciones límites. Ante lo irremediable.


¿Qué puedo hacer entonces?

Te haré yo a ti la pregunta: ¿Revelarte angustiosamente, como un animal atrapado, o serenamente aceptar tu destino? Tú decides. Por eso es bueno, a veces, saber sufrir, y sufrir, desde la intimidad personal. A veces, es bueno, cuando la vida no nos acompaña, a aprender a aceptar el dolor.


Hace poco me hablabas de ello refiriéndote a Julián Marías, ¿es así?

Sí hablaba, de la actitud no de indiferencia frente al dolor, sino una positiva de sosiego, de dominio, actitud que además cuadra con la mejor tradición española.  Por eso elegí, para el texto de la calma “La rendición de Bleda” de Velázquez.


Y, se me ocurre una pregunta, ¿Por qué aprender a sufrir?

En primer término, porque el sufrimiento no es solamente un “accidente” de la vida, sino que es un elemento constitutivo de ella. Pero, además, sufrir no significa solamente esforzarse, es también enriquecerse, porque es en el dolor donde la persona adquiere profundidad existencial, y por extensión, intimidad.


¿Sigo sin entender que sentido puede tener el dolor?

Porque en el dolor hay creación si pones buena voluntad, conseguida, mediante la serenidad y una adecuada anticipación del más Allá. El dolor, que yace en la intimidad personal, da al dolor humano una originalidad específica que lo distingue del simple fin de los demás seres vivos.


¿Y cuál es esa originalidad específica?

La Voluntad.


¿La Voluntad?

Sí. La voluntad se proyecta en unas decisiones que, por definición, son siempre nuevas, y naturalmente siempre con riesgo; es decir, sólo puedo actuar, realizar esa voluntad, con confianza y aquí, por lo tanto, se me plantea la única y total posibilidad del encuentro con el Otro.

Pero además, este riesgo de la acción, es necesario si pretendo encontrarme con el Otro; es decir, tengo que renunciar a la seguridad, debo decidirme.


¿Voluntad, acto? Me estoy perdiendo

En cada acto me entrego al Otro, me realizo, pero como una totalidad. Totalidad en un doble sentido, la de ser toda la persona lo que está en juego, y totalidad de hacerlo sin reservas.

Esta decisión significa la intimidad total, la máxima, la única libertad auténtica de ser yo mismo frente al Otro. Está claro, que esto produce miedo.


Y frente a todo esto, no sé que pensar ¿Qué puedo hacer?

Para ascender a sí mismo, para ser fiel a sí mismo, necesitas volcarte íntegro en la intimidad personal. En la voluntad de intimar se busca una restauración personal.

Restaurarse así mismo, he ahí, la última y plena Esperanza. He ahí, la respuesta y el triunfo supremo sobre la falta de intimidad personal y el camino para combatir la soledad. Con la restauración personal, vecemos la soledad.

Visto de este modo la relación Yo-Tú, al día de hoy, debe convertirse es una relación original, basada en un encuentro de intimidades, donde ambas intimidades deben restaurarse desde el interior personal con Voluntad y Esperanza. Solo así, uno y otro, podrán cumplir con la ayuda para la que originariamente estaban destinados como seres humanos.


Las ideas aquí expuestas han sido extraídas de:

1. García Hoz, V.: El nacimiento de la intimidad. Ed. C.S.I.C., 1950, Madrid.

2. Barcia Salorio, D.: Necesidad de una medicina antropológica (Discurso leído en la solemne apertura del curso académico 1979-1980). Ed. Secretariado de publicaciones de la Universidad de Murcia, 1979.


Juan José Regadera. En Murcia

        

                                     Hasta pronto 

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